Los cinco sentidos — tacto, gusto, olfato, vista y oído — son la forma más primaria que tenemos de orientarnos en el mundo. Es a través de ellos que reconocemos el peligro, el afecto, la pertenencia. Pero existe un sexto sentido, silencioso, poco estudiado y profundamente persistente: el de no pertenecer. Fue a través de él que aprendí a reconocer a los forasteros. Tal vez por eso los identifico con tanta facilidad.
El primero de ellos soy yo mismo.
Empecé a cantar a los nueve años, en concursos musicales infantiles, cuando la voz todavía era promesa y el cuerpo obedecía sin resistencia. A los trece, todo cambió. Una encefalitis — o, como quedó registrada en la memoria y en los papeles, una incefalitis — me quitó el control de la voz, comprometió parcialmente los movimientos del lado izquierdo del cuerpo y me arrojó a setenta y cuatro días de internación hospitalaria tras una intervención quirúrgica. A los catorce, aún en convalecencia, encontré el teatro. Antes de eso, a los doce, ya había dejado mi ciudad natal. A los trece, me fui a vivir a la casa de mi abuela paterna para atravesar el período de recuperación. Desde temprano, desplazado. Desde temprano, fuera de lugar.
“A través del teatro empecé a cambiar mi percepción sobre mí mismo y sobre lo que significa ser un forastero.”
Es a partir de ahí que los forasteros empiezan a tomar rostro. El primero, como ya dije, soy yo: Fernando Schweitzer, periodista, actor, cantante interrumpido y reinventado, alguien que nunca dejó de cruzar fronteras, incluso cuando parecía estar quieto. El segundo es Jack Beraum, actor y cantante peruano a quien conocí en Buenos Aires. En los escenarios argentinos no solo creamos espectáculos, sino también complicidades. Jack lleva el exilio como quien lleva un acento: con naturalidad. Tal vez por eso nuestra amistad resistió al tiempo, a las ciudades y a las distancias.
El tercer forastero es Omar Millalonco, periodista y comunicador, también radicado en Buenos Aires. Nos conocimos en una maratón de Comunicación y Periodismo en la UBA, de esas jornadas académicas en las que se intercambia más vida que certificados. Fue a través mío que Omar conoció a Jack, y desde entonces formamos una especie de triángulo afectivo de extranjeros persistentes.
El cuarto es Cristian Cotrina, biólogo peruano formado en la UBA. Compartimos una casa de alquiler colectivo en Buenos Aires y, durante la pandemia, compartimos también el asfalto. Mientras el mundo se detenía, nosotros pedaleábamos: repartidores en bicicleta en la capital argentina, empujando comida, cuentas por pagar y sueños por las mismas calles.
El quinto forastero es Faldrán, estudiante de intercambio en fitoterapia en la UDESC, en Santa Catarina. Gallego como yo. Nos conocimos en un grupo de conversación de idiomas en la UFSC, en Florianópolis. Fue mi alumno de portugués, pero como todo encuentro entre forasteros, el aprendizaje siempre fue mutuo.
Hay entonces un tercer movimiento en esta historia, cuando los caminos vuelven a cruzarse. Omar Millalonco viene de vacaciones a Florianópolis y nos reencontramos. Ademas de que caminamos por la ciudad y de que le presenté la cultura, los ritmos, la idiosincrasia brasileña — eso que no entra en las guías turísticas. Volvimos a las noches de traços y debates intercionales, tanto cuánto temas, como recortes, visiones y perspectivas. Florianópolis, vista por quien vive en ella, siempre es otra cosa: menos postal y más supervivencia cotidiana. Hablar de Brasil para un argentino, en suelo brasileño, es también hablar de mí mismo, de ese lugar inestable entre el adentro y el afuera. Sea por los años viviendo o por las raíces de mi madre, entre tantas cosas, también puedo ser o considerame brasileño.
La narrativa sobre lo que sea que sea este artículo empieza a inclinarse hacia el final en una noche a la vez común y no, pero simbólica. A pesar del miedo a andar en moto, pido un viaje por aplicación desde Lagoa da Conceição hasta mi casa, en la región continental de la ciudad. En ciudades de interior no hay bondis 24h. Son cerca de treinta kilómetros de viento, asfalto y pensamiento. Durante el trayecto, reflexiono que los forasteros siempre se quieren mucho — tal vez porque reconocen en el otro la misma grieta.
Un poco antes, en medio del ensayo de Carnaval de la escuela Unidos da Ilha da Magia, me encuentro con Faldrán. Entre risas, sudor y música, me provoca a hacerle una broma a Omar: abordarlo en español, en medio de la fiesta, como si yo fuera un agente secreto que lo estuviera investigando. Omar, argentino, rodeado de tambores brasileños, por unos segundos no sabe si reírse o salir corriendo. La broma en algo funcionó porque todo forastero está siempre atento.
“Cuando me fui de Buenos Aires no pude despedirme de nadie; partí hacia Florianópolis en ómnibus, vía la triple frontera entre Brasil, Argentina y Paraguay, pensando ya en regresar. Al reencontrarme ahora con Omar, mi amigo y colega de profesión, periodista, se me despertaron varias reflexiones. Una de ellas es que me gustaba más ser forastero en la Argentina que en Brasil. Después de cinco años preso por pobreza en Florianópolis, de haberme formado como guía de turismo en esta ciudad y, aun teniendo otras formaciones académicas, haber enviado más de cien mil currículums en ese período… sigo siendo apenas un forastero pobre. ¿O será que soy un pobre forastero?”
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